Serie «Nadie lo hace así»

En las distintas obras de este ciclo pongo el acento, cada vez, en una palabra diferente del título. «Nadie lo hace así» es una forma de opinión pública según la cual hacer algo como NADIE lo hace resulta, de algún modo, tonto, vergonzoso o indecente. Se juzga como si fuera hurgarse la nariz o prestar dinero sin esperar que lo devuelvan. Estas ideas se expresan, naturalmente, por medio de metáforas: al fin y al cabo, nadie envolverá un grosellero en una gabardina de Brioni para que pase el invierno, aunque sea su grosellero preferido, ni talará un manzano entero y pondrá el tronco sobre sillas vienesas para recoger con más comodidad un par de bolsas de manzanas. Igual que nadie haría cosas como… Cualquiera puede terminar esta frase con algo que le resulte cercano. O puede no continuarla en absoluto y disfrutar de unos cuadros hermosos sin llenarse la cabeza de alegorías. Mucha gente lo hace así.

Y hay también obras que expresan la idea de que «NADIE LO HACE». Todo el mundo dice lo que quiere, pero nadie ACTÚA, por razones diversas: no llegan a hacerlo, no es rentable, no es prestigioso, o sencillamente no se acostumbra a HACERLO en este país. Y al final nadie lo hace.

Aquí puede verse tanto una idea sobre el comportamiento fuera de lo común de los personajes representados o insinuados dentro de los cuadros, como la insinuación ambiciosa y presuntuosa de la autora de que nadie lo hace como ella. Parafraseando el pensamiento de Pogossky —«Malo es el soldado que no sueña con llegar a general, pero peor aún es aquel que piensa demasiado en lo que será de él»—, comparto con el espectador mi convicción de que es mal artista aquel que no llega a ser excepcional, pero es todavía peor aquel que solo piensa en cómo llegar a serlo. ¿Es ese mi caso? Creo que solo el tiempo lo dirá. Y para eso me queda toda una eternidad.

Anastasia Kuznetsova-Ruf

Serie «De fiesta en fiesta»

Para comenzar a hablar de esta serie, empecemos por un fragmento conmovedor de un poema muy conocido de Dmitry Prigov:

He aquí la gran fiesta festiva

Junto a la ventana estoy sentado,

miro hacia el cielo más alto

y allí veo los fuegos artificiales de la fiesta…

«Si uno imagina la estructura de la vida cotidiana de una persona corriente —dice Anastasia Kuznetsova-Ruf—, verá que por lo general transcurre en un bucle, de fiesta en fiesta. Es decir, de un acontecimiento interesante y luminoso, a través de una sucesión de días grises y parecidos entre sí, hasta la siguiente fiesta merecida, hasta la siguiente alegría.»

«Fuegos artificiales» es la obra central de este proyecto y refleja dos opuestos dentro de la sucesión de días, meses y años de una vida humana: la fiesta y lo cotidiano. En ella Anastasia Kuznetsova-Ruf despliega su hábil sentido de la composición y crea una sensación de inmensidad que ocupa la mayor parte del lienzo. El cuadro está desierto: solo en la franja inferior, en la oscuridad de la noche y en primer plano, se ve una ventana cerrada y un alféizar con unos prismáticos y un corazón de manzana en un plato. A lo lejos, en la línea del horizonte, estallan los fuegos artificiales —allí hay fiesta—, y entre la bruma se encienden las luces de la ciudad, dibujada con delicadeza más abajo. La artista emplea el color con parquedad; sin embargo, la gradación tonal de los azules grisáceos le permite dar al asunto multitud de matices y sentidos. Ay, la fiesta queda lejos del observador ajeno a la vida, del dueño del alféizar.

Conviene señalar que Anastasia Kuznetsova-Ruf no se ocupa únicamente de resolver cuestiones puramente plásticas: ante su público actúa en parte como mentora. Así, en el proyecto «No te lo pierdas» (2013) muestra cómo, levantando planes grandiosos y castillos en el aire, una persona puede perderse la vida misma; y en la exposición «Punto de crecimiento» (2015) demuestra la necesidad de una evolución constante de la personalidad. Parece que ahora la artista habla del hombre contemporáneo, que teme sobre todo hundirse en lo cotidiano, en las tareas de cada día, en el aburrimiento y la desesperanza, eso que Dmitry Prigov describió de forma tan simbólica: «Apenas has fregado los platos / y mira, ya hay otros nuevos / qué libertad puede haber aquí / ojalá se llegue a viejo.»

Los días laborables en los cuadros de Kuznetsova-Ruf («Presión-1», «Presión-2», «Presión-3», «Llamada entrante», «Jinete sin cabeza», «Timón», «Pulpo», «Manzanas») resultan más luminosos que sus obras con imágenes de fiesta («Fuegos artificiales», «Año Nuevo Viejo», «Tsar-pez», «Sobre el borde», «Catalejo», «En el jamón», «Mirilla»). Las muchachas, protagonistas de las escenas cotidianas, aparecen desnudas; sus cuerpos están llenos de energía, de vida y de belleza. Son cuerpos voluminosos, de colores contenidos, en los matices más sutiles de los tonos marrones, que se resisten a la blancura del espacio circundante. La sensación de fiesta y la explosión de emociones nacen de salpicaduras brillantes de pintura: carmesí, amarillo y verde, que estallan bajo las manos de las muchachas en «Presión-1», «Presión-2» y «Presión-3».

«De niño, una fiesta es un día feliz que alguien inventó y organizó, y la alegría puede consistir simplemente en pequeñeces» (Anastasia Kuznetsova-Ruf). Una niña encantadora mira por un catalejo, y todo desaparece detrás de un plato con algo sabroso. En las obras de Kuznetsova-Ruf los personajes infantiles no son solo entrañables: siempre contraponen la libertad interior del niño al autocontrol del adulto. «Para un adulto, la fiesta es un estímulo para vivir y seguir adelante. Para algunos es un acontecimiento feliz que espera más adelante; para otros puede ser una alegría muy concreta: comida sabrosa, amor, la conversación con el hijo, etcétera», señala la autora del proyecto.

Las fiestas de Anastasia Kuznetsova-Ruf son en blanco y negro, o bien contraponen en sus imágenes distintos matices de claro, oscuro o negro, pardo y gris. La vida cotidiana en sus obras está llena de movimiento, de energía y de placer de vivir. Sus fiestas son íntimas, de puertas adentro: en ellas hay sosiego y ternura de los seres queridos, de las personas que quieren.

Irina Filatova

Fuera de serie

Aquí se encuentran pinturas individuales, creadas sin un concepto unificador, que fueron exhibidas en varios proyectos.

Un pueblo, dos miradas

La instalación «Los habitantes de Olshanka» de Iván Korshunov y el cuadro «La parada» de Anastasia Kuznetsova-Ruf hablan del mismo lugar: la aldea de Olshanka, en la región de Tambov, una decena de casas a tres kilómetros del pueblo principal, al otro lado de los campos. Él hizo a sus habitantes: óvalos de cerámica, como los de las lápidas, con rostros de personas vivas, y ocho óvalos en blanco en la fila de abajo. Ella pintó lo que queda de la aldea por fuera: una parada de autobús sin carreteras, en un campo cubierto de hierba, adonde una vez al día llegaba un autobús del mundo grande y las mujeres del lugar salían a esperarlo bien vestidas, aunque no tuvieran a quién recibir. Para la anciana de la parada posó la madre de Iván Korshunov.

Una nota de The Vilbil

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